Morir o renacer

"No comprendo cómo es que no te has suicidado", sentenció, con absoluta seriedad, mi psiquiatra. El doctor Héctor Manuel Pinedo había estado tratando, durante años ya, mi depresión endógena y, por lo tanto, me conocía bien.
De repente, su expresión me pareció devastadora y yo no supe cómo interpretarla, si en calidad de elogio o de incitación.

"Morir o renacer"

James R. Fortson

"No comprendo cómo es que no te has suicidado", sentenció, con absoluta seriedad, mi psiquiatra. El doctor Héctor Manuel Pinedo había estado tratando, durante años ya, mi depresión endógena y, por lo tanto, me conocía bien.

De repente, su expresión me pareció devastadora y yo no supe cómo interpretarla, si en calidad de elogio o de incitación.

Era claro para mí que yo tampoco lo comprendía del todo... No que me faltaran ganas de hacerlo, sino que mi conciencia lo rechazaba de manera fulminante, sólo agudizando mi dolor. Pero en aquella memorable ocasión, el médico me confrontó, sin excusa posible, conmigo mismo. Propició una terrible batalla en mi mente y en mi corazón... Triunfó mi compromiso personal para continuar creciendo, a cualquier costo y de manera activa, como participante vivo en el prodigioso juego que constituye la vida.

Para mí fueron tiempos de una gran crisis, antes por completo impredecible. De un día para otro, sin previa advertencia, mi muy buena vida se había comenzado a hacer pedazos, completando su proceso destructor en un lapso tan breve que me provocó verdadero temor y un desconcierto que aún hoy no acierto a dirimir. No había --ni hoy hay-- explicación racional alguna. Simplemente había ocurrido a partir de la aparente nada... ¡Todos los demonios habían sido convocados! ...¡Se habían conjurado en mi contra!... según mi conciencia.

Cuatro años después el doctor José Jorge Prado García, psiquiatra de la Clínica Cuernavaca, admitió estar de acuerdo con Pinedo, diciendo que no comprendía cómo había llegado hasta él, aún vivo. Lo cierto es que yo pensaba cometer el acto mortal la noche precisa en que lo conocí. Quien pisa con determinación la antesala de la muerte ha tocado el fondo más profundo posible para un ser humano... Sólo le resta morir o renacer.

Más aún, yo me siento seguro de que nadie que haya sufrido cinco noches consecutivas de insomnio total, valorando en su enorme dimensión la cuestión ética del suicidio, asegurándose sin duda alguna de que su fin había llegado ya --por destino, por ruptura total, por fragilidad o meramente por una bancarrota del alma-- podría dejar de comprender a fondo lo que semejante desquiciamiento significa, en un sentido verdadero y tan profundo como es posible que un ser humano descienda, atascado en sus propias debilidades. Reflexionar no sólo acerca de cuándo, cómo y dónde llevar a cabo lo "innombrable", sino considerar los inevitables efectos o consecuencias en los propios hijos... y en otras personas que de algún modo están vinculadas con uno... ¿Cómo heredar lo poco que se tiene?... ¿Cómo explicarle al Ser Superior, en el cual uno cree sin un ápice de duda? ¿Cómo rogarle su bendición al evento que asesina aquello a lo que Él le dio vida? ¿Cómo estar totalmente seguros de que ésa es nuestra voluntad real, sin alucinaciones de por medio? ¿Cómo estar ciertos de que sólo estamos ejerciendo el primer regalo que recibimos al nacer: el libre albedrío?... ¿Cuál es el sentido más profundo de la libertad genuina?... Cometer suicidio, ¿es un acto de cobardía o lo es de un valor extremo? ¿Significa miedo de vivir y no de morir... para quien cree en un más allá; en la eternidad?... ¿Es el terror?

Estas interrogantes que de tanto formulárselas uno mismo, pierden su significado, su valor racional... y el corazón permanece en solitario para asumir, para determinar en su modalidad de emociones, la decisión final... Yo estaba viviendo ya veinte años de soledad apabullante y total. La letra del tango miente, pues veinte años pueden serlo todo.

En medio de la más devastadora depresión de toda mi existencia, ésas cinco noches fueron de verdadero martirio. El sufrimiento caótico fue demoledor durante las veinticuatro horas de cada día hasta que, finalmente, decidí quitarme la vida, tal vez por agotamiento puro... ¡y por desesperanza!. Yo me sabía desquiciado al no ser capaz de ver la luz al final del túnel... Tal vez ni siquiera veía el túnel. Me encontré solo, con todas mis debilidades, en la oscuridad total... Me aliviaba un poco el hecho de saber que había, en otro tiempo, experimentado también la luminosidad total... Y no una, sino varias veces... ¡Gracias a mi Dios yo había experimentado el espectro completo!... No había matiz que me faltara por saber en la gama total. Del blanco puro al negro-negro.

Ahora me percibo cierto de que esa polaridad sin igual es un privilegio que no todos los seres humanos llegan a experimentar, y también que a todo privilegio corresponde una responsabilidad.

La mañana del día elegido para cesar de golpe tanto sufrimiento llegaron mis hijos a mi casa en Taxco, sin anunciarse, pero con el propósito intuido de visitarme. En cuanto los vi rompí en llanto, sabiendo que ésa sería la última vez que mis ojos se posarían sobre esos dos seres que son a quienes más amo en esta vida mía. Me convertí, al instante, en un hombre roto. Ellos, tan sensibles como siempre, se percataron del infierno en el que estaba yo atrapado... y me trajeron a Cuernavaca... ¿Milagro o destino?... o, ¿ambas cosas?

Con mi total consentimiento y mi repentina y más grande esperanza, ellos me internaron en la clínica, salvando así mi vida; casi, casi perdida. Ingresé, pues, como "depresivo endógeno obsesionado con el suicidio". Hoy me recuerdo como en estado agónico... ¡Que Dios bendiga, por siempre, a mis hijos!

El doctor Prado me recibió diciendo: "¡Traes contigo un sufrimiento colosal!... Aun sin el suicidio, habrías fallecido de muerte natural en unos cuantos días. Así de mal estás". Yo respondí: "Y tú, ¿ cómo lo sabes?" El sólo dijo: "Con mirarte a los ojos me basta".

"Nunca hay que decir nunca", pero yo sé que con esa terrible experiencia quedé vacunado contra la muerte a propia mano.

Es obvio que erudición y sabiduría son cosas harto distintas. Un erudito puede haber memorizado la enciclopedia, pero el sabio la ha vivido. Sabe lo que sabe porque lo ha experimentado en carne propia. El erudito conoce; el sabio, sabe.

Sin ignorar los conocimientos de un psiquiatra, yo asevero que él, generalmente, no sabe cómo siente una persona que ha decidido quitarse la vida, simplemente porqué él nunca lo ha experimentado en sus propias emociones, ni ha llegado a la negrura total de la antesala de la muerte. Todo esto lo podrá imaginar y sin duda podrá prescribir los medicamentos que su profesión médica le indica que son los adecuados para tal o cuál paciente. y curará, aliviará y salvará vidas humanas. Orientará y medicará, como el profesional especialista que es, y recibirá la gratitud de sus clientes... pero nunca sabrá exactamente cómo es que sienten ellos, los depresivos y los adictos.

La psicoterapia puede ser una excelente herramienta en manos de un terapeuta competente... pero también puede ser un desastre, para siempre memorable, en las de un tonto. Y es la terapia la que puede dar la suficiente luz al médico como para acercarse un poco más a las verdaderas emociones y afecciones del paciente.

 

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