De la esclavitud a la libertad

Desde hace ya varios días sentí la imperiosa necesidad de escribirte para recordar con alguien tan especial como tú aquellos años de juventud, cuando todo nuestro interés giraba alrededor de una mesa de póquer.
Hemos compartido muchas cosas, muchas experiencias, algunas muy alegres y otras tan dolorosas y de resultados tan amargos para nosotras y nuestras familias.

De la esclavitud a la libertad

Anónimo

Entrañable amiga:

Desde hace ya varios días sentí la imperiosa necesidad de escribirte para recordar con alguien tan especial como tú aquellos años de juventud, cuando todo nuestro interés giraba alrededor de una mesa de póquer.

Hemos compartido muchas cosas, muchas experiencias, algunas muy alegres y otras tan dolorosas y de resultados tan amargos para nosotras y nuestras familias.

Cierro los ojos y, como si fuera un sueño, empiezan a desfilar por mi mente escenas de los días que jugar era una de las cosas más importantes y que más nos gustaba hacer.

Cómo empezamos... Sí, ya creo recordar cómo fue. ¿Te acuerdas que después de llevar a nuestros hijos a la escuela corríamos al super y después nos íbamos para los jugados matutinos y poco antes de las 2 de la tarde regresábamos por ellos a la salida de clases para ir a comer y rapidito regresábamos a las inolvidables tardes sociales muy pokareras y, por supuesto, también tequileras en donde nos turnábamos de mi casa a tu casa y nos esforzábamos compitiendo entre nosotras para dar cenas espléndidas, pues nos gustaba ser muy buenas anfitrionas y además nos daban la cañota?

Siempre pasábamos muy buenos ratos, ganando o perdiendo nos reuníamos y disfrutábamos del juego placentero y tranquilo de aquellos días cuando jugábamos lote tan bajito.

Eso sólo fue el principio. No recuerdo cuánto tiempo jugábamos así, quizá 5 o 10 años. Tal vez eso ya no importa. Que lástima que se terminó tan pronto. Jugábamos con gente bonita, ¿o no ?

Guardo muy gratos recuerdos de esas tardes tan lindas, cuando todavía no habíamos abusado del juego. Éramos muy amigas y sobre todo regresábamos temprano a casa y todo mundo pagaba lo que perdía. Acuérdate: deudas de juego, deudas de honor.

¿Cómo fue que cambió todo? ¡Cómo, amiga! Cómo, nos fuimos involucrando tanto en el juego, cómo fue que nos olvidamos de vivir, nos olvidamos de nosotras mismas. Acuérdate que la única razón de nuestra vida era jugar y jugar; sólo vivíamos para eso, poco a poco día tras día, ese ambiente destructor nos fue atrapando y quedamos en sus garras. El juego se convirtió en algo obsesionante y fue nuestra gran pasión por otros largos años.

Que inconscientes fuimos. ¿Recuerdas el juego que tanto nos gustaba? Al principio se había convertido en una terrible y torturante pesadilla, de la cual difícilmente escaparíamos ya que no podíamos o no queríamos salir de ella. El póquer fue para nosotras un fabuloso mundo mágico, fascinante, engañoso, pero sobre todo nos encadenó tanto tiempo y dejamos de ser libres. El juego se convirtió en nuestro amo y se apoderó totalmente de nuestra voluntad, nuestra esencia y nuestra vida, pero así evadimos nuestra triste realidad. Acuérdate cómo íbamos de mesa en mesa jugando a todas horas. No teníamos límite de tiempo ni apuesta. Jugábamos día y noche. Esos días fueron la locura total; lo único que importaba era tener las cartas en las manos y estar sentadas en la mesa. Cómo cambió nuestra vida, nuestra manera de ser y de pensar, cómo perdimos el control y nos fuimos hundiendo cada vez más profundo.

Qué sensaciones tan extrañas y contradictorias sentíamos: el miedo, la angustia, ira, culpa, resentimientos, alegría, tristeza, pasión y coraje. Vivíamos en un caos y en la confusión y esto era el pan nuestro de cada día, hasta terminar totalmente agotadas mental y moralmente, hechas trapos y, sin embargo, seguíamos en esa locura. Físicamente no me explico cómo podía resistir nuestro corazón. ¿Recuerdas como latía de fuerte? Yo creí que algunas veces se me salía del pecho o pararía de latir, de tanto que nos sobresaltábamos al jugar. y cómo el pulso se aceleraba hasta cambiar la presión, tener que hacer hasta lo imposible para no delatar ante los demás el juego que tenías y así poder mandar el resto a esa carta, tan ardientemente deseada y con la cual ganarías la partida, sufriendo y alegrándote a la vez. Es algo inexplicable para los demás pero a nosotros era lo que nos hacía vibrar y tú comprendes de lo que te estoy hablando.

Cuánto valor se necesitaba para aguantar esos nervios, esas reviradas locas, absurdas y tontas; cuánta presión y cuánta tensión se sentía. ¿Te acuerdas que ambiente más explosivo y retador el que se respira en las mesas de póquer?

Cómo la ambición se apoderó de nosotras, los más bajos instintos; cuántos intereses tan encontrados. También nos traicionaban las intrigas, ya después teníamos que tolerarnos para seguir jugando. Qué desgastante era tener que cuidarnos las manos para que no nos hicieran trampas y sacaran cartas de abajo y no se guardaran las fichas que había en la cigarrera. Cómo queríamos dejar de jugar, pero no encontrábamos la fórmula para hacerlo.

Estar ahí era un tormento y no estarlo también. Ya nada nos satisfacía, nada nos bastaba, el ganar o perder casi era lo mismo, porque finalmente ganando dinero perdíamos todo lo bueno que Dios nos había dado.

Acuérdate cómo perdíamos todos nuestros valores; qué vacío existía en nuestra vida, qué soledad, qué desesperanza y cómo vivíamos en el autoengaño y en la justificación; cómo nos abandonamos y qué poco nos queríamos; nuestra estima andaba por lo suelos.

Por diferentes caminos llegamos a darnos cuenta cómo el póquer nos estaba perjudicando, y cómo sin querer hacer daño a nuestros hijos, al finalizar los dañamos tanto. Queriéndolos como los queremos y siendo lo más importante para mí recuperar su cariño.

El día de hoy, amiga, doy infinitas gracias a Dios que me haya iluminado y que me haya dado la fuerza suficiente para retirarme de ese ambiente. Te puedo platicar de todos los beneficios que he logrado. He recuperado la fe que tenía perdida. Sé que Dios está conmigo y que ya nunca me abandonará.

También he recuperado la alegría de vivir. Ahora puedo reír, tengo confianza y seguridad de mí, de que valgo, y me estoy respetando mucho a mí ya los seres que viven conmigo. Ahora veo las cosas de diferente manera y tengo otras alternativas para vivir. Sé que cuando siento el deseo de ir a jugar nuevamente, pediré el valor suficiente para no recaer y también sé que puedo contar contigo. No sabes lo contenta que estoy de que tú también hayas podido dejar de jugar. Me siento muy orgullosa de ti. Te quiero y te abrazo, siempre.

 

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