Testimonio 13

Mi nombre es Max y soy un un adicto en rehabilitación. Durante el poco tiempo que tengo en esta nueva y agradable forma de vivir, día a día busco mantener comunicación con enfermos como yo. De todos ellos tomo su mensaje sin importarme el mensajero, ya que sólo otro enfermo

Testimonio de Max

Mi nombre es Max y soy un un adicto en rehabilitación. Durante el poco tiempo que tengo en esta nueva y agradable forma de vivir, día a día busco mantener comunicación con enfermos como yo. De todos ellos tomo su mensaje sin importarme el mensajero, ya que sólo otro enfermo como yo puede entender y sentir el sufrimiento que causa esta enfermedad, que en mi caso es el alcoholismo y la drogadicción. En esta forma he venido conociendo diferentes tipos de personas que me transmiten su experiencia, la cual está llena de recuerdos y anécdotas. Entre las muchas historias que he tenido la oportunidad de escuchar hay una que me ha llamado mucho la atención y que quiero compartirles, pues tal vez les deje un mensaje parecido al que me dejó a mí.

Hace ya algunas noches de otoño que me hallaba con un grupo de amigos, disfrutando el regalo de la naturaleza que es el cielo, cuando uno de mis amigos empezó a relatarnos una pequeña historia que en estos momentos intentaré narrar tal y como yo la recuerdo:

Sobre las aguas del vasto océano, en una indescriptible oscuridad, se hallaba una pequeña embarcación con dos hombres en su interior, navegando al compás de las olas y el viento. Uno de ellos era un hombre que, si no era de avanzada edad, ya estaba en el otoño de su vida; el otro era un recio joven de no más de veinte veranos.

El hombre mayor se levantó del rincón donde venía acurrucado y dirigió su mirada hacia la de su joven acompañante y le dijo:

-Me siento todavía muy fatigado y el sueño está a punto de vencerme, así que por esta noche lo más conveniente será que tú te encargues de llevar el timón, pues no puedo hacerlo yo y correríamos el riesgo de que me quedara dormido y nos extraviáramos en estas infinitas aguas y jamás regresáramos a casa.

El inexperto joven lo escuchó con atención y le preguntó con admirable ingenuidad:

-¿Cómo he de guiarme en estas aguas para no perder el rumbo, si ni siquiera sé usar una brújula?

El viejo le respondió confiadamente:

-No te atemorices, joven compañero, navegar es más paciencia que ciencia, sólo presta mucha atención a lo que te voy a decir. ¿Ves allá arriba en el firmamento esas estrellas que parecen formar un cucharón? Si fijas bien tu atención te darás cuenta que en el centro hay una estrella que brilla más que sus hermanas. A esa deberás de prestarle toda tu atención y seguirla durante toda la noche, como si fuera un tesoro que debes alcanzar.

El joven navegante asintió con marcada desconfianza y pensó que el sueño empezaba a causar estragos en la cabeza del viejo. Finalmente el hombre mayor regresó a su rincón a acurrucarse plácidamente, no sin antes recordarle a su joven aprendiz que no perdiera de vista la llave de su regreso.

Conforme fueron pasando los minutos el joven empezó a cuestionarse sobre qué era lo que había querido decir el viejo acerca de que "la estrella es como un tesoro". ¿Sería que en verdad, dentro de esa lejana y resplandeciente estrella se hallaba oculto algún codiciado tesoro que estaba tal vez custodiado por mágicas e increíbles criaturas, y por eso el viejo se había ido a descansar para pensar en la forma de librar esos enigmáticos percances? O tal vez el joven aprendiz estaba fungiendo como el mítico Caronte, llevando a su travesía final al anciano en su última y perpetua morada.

Además de estos pensamientos, le agradaba pensar cómo sería la estrella. ¿Sería como las tierras que había visitado en sus viajes? ¿Sería diferente? ¿Acaso habría seres de diferentes formas? ¿Sería sólo un vasto desierto?

Así pasaba la noche y minuto a minuto las ideas en la mente del joven fueron cambiando hasta que llegó el momento en que se sintió aterrado de estar solo y desamparado a la mitad del océano. El hecho de confiar en esa inalcanzable, lejana y diminuta estrella hizo que empezaran a resbalar pequeñas gotas de sudor en su frente. No era un sudor agradable. Era ese tipo de sudor que brota del cuerpo al estar en presencia de lo desconocido. El inmaduro joven poco a poco se iba sumiendo en sus negros y agobiantes pensamientos: ¿qué pasaría si el viejo le hubiera tomado el pelo? ¿Alguna vez regresaría a tierra? ¿Volvería a escuchar el grato trinar de las aves? Tal vez ahí acababa su existencia.

Así fueron pasando los largos y pesados minutos de la noche hasta que, de repente, brotó en el horizonte un diminuto rayo de luz. El joven seguía observando el cielo, buscando la fugaz estrella que había desaparecido sin dejar rastro alguno, cuando de pronto sintió una fuerte y rugosa mano que se deslizaba por su hombro y escuchó la voz del viejo preguntándole con firmeza:

-¿Seguiste la estrella tal como te lo indiqué?

Él respondió afirmativamente, con cierto nerviosismo, y el viejo le dijo:

-Te creo, ya que a lo lejos se alcanza a divisar la costa.

En ese momento el joven giró la cabeza hacia donde se dirigía la vista del viejo y dio un largo suspiro de alivio y paz. En ese momento pasó por su mente cómo había desconfiado durante la noche de las indicaciones del viejo y todo lo que había imaginado con respecto a la estrella, a la cual le debía la vida y una disculpa por no haber tenido fe en ella.

Esta narración me hizo pensar en mi programa de recuperación y en los objetivos a realizar: son lejanos y tal vez inalcanzables, como la estrella. Sin embargo, el solo hecho de seguirlos tal como son, sin buscar atajos ni desviaciones, me llevará por el camino correcto. En muchas ocasiones, durante mi vida de adicto activo, por no hacer las cosas como debía nunca llegué a realizarlas. Ahora persigo las cosas aunque no las alcance, estando sobrio, con la absoluta confianza de que estoy haciendo mi mejor esfuerzo y lo que venga es ganancia y motivo para practicar mi gratitud hacia algo que me ha salvado la vida. Caminando bajo mi estrella, sin buscar otra guía para mi superación diaria, vivo este día como si fuera el último, al máximo y con alegría.

 

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