De la explosión emocional a la expresión emocional (segunda y última parte)

Casi nadie ha sido ajeno a la experiencia de haber observado una crisis de llanto del borracho chillón, o bien un acceso de violencia. En ambos fenómenos afloran una vastedad de sentimientos y emociones que el intoxicado no había podido o querido expresar, por lo que la crisis adquiere un sentido catártico.

De la explosión emocional a la expresión emocional
(segunda y última parte)

Psicólogo Jesús García Rosete

Casi nadie ha sido ajeno a la experiencia de haber observado una crisis de llanto del borracho chillón, o bien un acceso de violencia. En ambos fenómenos afloran una vastedad de sentimientos y emociones que el intoxicado no había podido o querido expresar, por lo que la crisis adquiere un sentido catártico. Dichos episodios reportan alguna utilidad para la salud emocional del individuo. Sin embargo, la persona puede asumir dichas circunstancias etílicas como la única forma de dar salida a sus emociones y afectos reprimidos, y de esta manera consume bebidas alcohólicas hasta la intoxicación, con el riesgo de adquirir una actitud adictiva.

Lo mismo sucede con cualquier sustancia psicoactiva que se utilice con tal finalidad. Es muy probable que la persona habituada a estos mecanismos no tenga plena consciencia de la función psicológica que adquiere el consumo de drogas bajo tales condiciones, ni tampoco del beneficio personal que le podría reportar la espontánea y auténtica expresión de su afectividad, en contraposición con la explosión emocional que padece bajo un estado de intoxicación.

Por ello es de suma importancia que las personas --principalmente los niños y los adolescentes-- aprendan diversos modos de expresar su afectividad.

No es sencillo dar cauce a nuestra expresión afectiva de forma espontánea, sobre todo si  crecimos con limitaciones y pocas experiencias de esa naturaleza. No obstante, quienes cumplen con una responsabilidad educativa o formativa con menores, están obligados a enseñar la importancia de la expresión afectiva y procurar que ésta resulte efectiva para los individuos sujetos a su enseñanza.

Ahora señalaré, a manera de ejemplo, algunas ideas útiles para tal fin:

o Es conveniente que niños y jóvenes participen de experiencias y eventos de índole cultural, recreativa, escolar, familiar, comunitaria, de forma que un adulto responsable pueda encauzarlos a que verbalicen su agrado o rechazo a tales actividades. Se deben evitar las expresiones que pudieran parecer neutrales como: "más o menos", "me da igual", "quién sabe", "regular", etcétera.
o Después de observar escenas emotivas en la televisión, el cine, el teatro, o en un hecho real, el padre de familia, el profesor o cualquier adulto puede propiciar que el niño o adolescente describa el tipo de emoción o sentimiento que experimentó: ¿te hizo sentir alegre o triste? ¿En qué parte de tu cuerpo podrías ubicar la reacción emotiva que sentiste? ¿El modo en que respondieron los personajes, te parece adecuado, exagerado, justo, injusto?
o También se puede favorecer la participación de los niños y jóvenes en actividades que los estimule a asumir cierta valoración estética: ¿le gusta o no la actividad? ¿Cuál fue el objeto o situación? ¿Le parece bonito o feo? ¿Prefiere tal o cual cosa? Si participan más de dos muchachos se deberá resaltar y valorar los puntos de vista individuales, y el respeto a la opinión de la otra persona, pues en las apreciaciones estéticas, como en otras áreas de la vida humana, no hay ni verdad ni mentira, sólo puntos de vista.
o Cuando los individuos son poco expresivos, tanto verbal como gestualmente, resulta muy útil invitarlos a que elaboren pequeños escritos sobre sus vivencias, cotidianas o extraordinarias, con la recomendación de que los hechos ahí descritos sean ricos en expresiones afectivo-emotivas.
o Existen opciones que requieren de algunas habilidades: el dibujo, la pintura, la escultura o la danza, el teatro y el canto; sin embargo son de gran relevancia para la expresión de la afectividad; por eso vale la pena estimularlas.

Es importante que se enseñe a los jóvenes a solucionar sus problemas por medio de un análisis compartido con un adulto, o un par en edad o circunstancia, para que se observe y conozca otras formas de percibir, valorar y abordar la situación, de tal suerte que no subestime sus capacidades ni tampoco se extralimite de ellas, y además distinga los problemas propios de los ajenos. Así, el niño o adolescente podrá encontrar alternativas de solución sin poner en riesgo su equilibrio emocional y su bienestar personal y social. El objetivo final sería poner en práctica aquella máxima china que dice: "si tu problema tiene solución para qué te preocupas, y si tú problema no tiene solución... para qué te preocupas".

 

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