¡Prevenir es mejor que remediar!

A través de varios ejemplos de catástrofes naturales, el presente artículo lleva a reflexionar sobre la importancia de la prevención en el área de las adicciones. Se menciona la importancia en la formación de recursos humanos también con una visón preventiva, lo que no significa menospreciar la rehabilitación.

¡Prevenir es mejor que remediar!

Licenciado Jesús García Rosete

La frase anterior la escuchamos e incluso repetimos con relativa frecuencia, para indicar nuestro deseo de que algo no ocurra. Tal frecuencia de uso la ha convertido en un lugar común y la ha llevado al punto de perder su significado operativo, a pesar de que la frase denota contundencia y claridad. Surge entonces la pregunta: ¿qué pasa con la prevención?, que podría volverse más específica: ¿qué pasa con la prevención en el uso indebido y la adicción a las drogas?

Reflexionemos un poco: huracanes Paulina y Gilberto, erupción del volcán Chinchonal, terremotos de 1985, incendio del pozo petrolero Ixtoc, explosión de San Juanico, todos estos nombres están relacionados con catástrofes en las que se expresaron el comportamiento de la naturaleza y del ser humano. Las consecuencias acuden a nuestra memoria como tragedias dolorosas que no quisiéramos volver a vivir. ¿Qué importancia tiene la mención de dichos sucesos? Su relevancia estriba en que las consecuencias dejaron al descubierto lo que se hace en este país para prevenir desastres. Con justa razón dirá usted, amigo lector, que los huracanes, sismos, tormentas, erupciones volcánicas, deslaves, sequías, etc., son fenómenos naturales que no se pueden evitar. Sin embargo, sí podemos actuar con anticipación para que sus consecuencias sean menos devastadoras.

Ahora bien, existen otros acontecimientos catastróficos que no dependen de la naturaleza, sino de la atención, cuidado y voluntad del hombre: el incendio de un pozo petrolero, la explosión de un tanque de almacenamiento de gasolina, el descarrilamiento de un tren, la contaminación del suelo o de un río, el asalto de un banco, una crisis financiera, el motín de una cárcel, la extracción de un molar cariado, la cruda de una borrachera, el divorcio o la separación familiar. De todos estos sucesos y de miles más pueden evitarse, tanto su aparición, como el impacto de sus consecuencias. Depende de lo que las personas hagamos o dejamos de hacer para que sucedan o no. Tal conducta puede gestarse tanto a nivel individual, como grupal o colectivo. Ese hacer cosas o dejarlas de hacer tiene gran repercusión para la prevención de cualquier sucesos que depende del comportamiento humano, ya sea individual, familiar, comunitario social, y para aminorar las consecuencias del impacto de los fenómenos naturales.

Si es tan importante la prevención para la sobrevivencia de los colectivos sociales y de las personas, ¿por qué es tan difícil asumir esa actitud preventiva? O bien ¿Qué impide incorporar tal actitud en nuestra conducta cotidiana?

En la vida animal se pueden ver comportamientos que nos hacen pensar que las actitudes preventivas podrían tener un basamento instintivo, toda vez que la mayoría de los animales hacen algo para evitar las consecuencias de las fuerzas de la naturaleza; es decir, se anticipan de tal forma que pueden sobrevivir y resolver las situaciones que se presentan con menores riesgos y en las mejores condiciones para cada uno y la colectividad. Así vemos cómo el castor refuerza la estructura de sus represas para soportar las crecientes del río en la temporada de lluvias; o cómo el oso y el lobo se proveen de alimento para resistir las inclemencias del invierno; asimismo las gaviotas, ante la inminente tormenta, dejan de valor y se protegen en las grietas de los acantilados o de las construcciones; animales de pastoreo como los borregos y las cabras buscan la altura de los cerros para evitar la inundaciones. De este modo podríamos aumentar los ejemplos de comportamientos preventivos que se presentan en cada especie animal.

No obstante que la actitud preventiva en el hombre pudiera alimentarse de recursos instintivos, el peso de la civilización es mayor. Se ha sacrificado esa capacidad anticipatoria de supervivencia en eras de la importancia que se da, principalmente en las ciudades urbanas, al aquí y ahora. La obtención del placer inmediato, que enarbola y estimula la sociedad de consumo, sólo da sentido a lo que se usa y se desecha, lo que se reemplaza o sustituye lo novedoso frente a la convencional, lo rápido contra lo lento, lo sencillo en oposición a lo complejo, entre otros pares de opuestos. El valor de uso y cambio de los objetos, las actividades y las ideas están trastocados. Por ejemplo, tiene mayor estatus social el que le hagan a uno las cosas y pague por ello, a que las haga uno mismo y no gaste dinero.

De esta manera, las civilizaciones modernas han dado mayor importancia a aspectos de la conducta humana que no contribuyen a fomentar una actitud preventiva. Ante la posible presencia de las catástrofes naturales, o aquellas que son creadas y propiciadas por nosotros mismos, pareciera que es mejor remediarlas a prevenirlas, por lo que el título inicial del presente artículo está en contrasentido.

Bajo esta perspectiva, el quehacer preventivo de las adicciones se realiza en un contexto muy poco favorable, pues gran parte de las acciones son de carácter solamente educativo, sin destacar la anticipación, especificidad, permanencia, creatividad, ejecución y la responsabilidad compartida. Las acciones mayormente difundidas para prevenir las adicciones son la información y la canalización de los sujetos enfermos hacia tratamientos, y no logran tener el impacto deseado en la conformación de actitudes preventivas.

Las acciones de prevención tienen que encaminarse hacia la identificación y diferenciación de señales o indicadores de mayor o menor riesgo, de acuerdo a la etapa de desarrollo humano que corresponda a cada grupo de la comunidad que sea abordado. También será necesario que las actividades consideradas en los programas se orientan a grupos de ámbitos específicos, pues la identificación y la corresponsabilidad que emerjan son benéficas para emprender el trabajo preventivo; la permanencia y diversificación de las actividades debe ser un sello necesario en los programas. Además, los programas institucionales que se orientan a la comunidad deben partir de coordinar actividades con un sentido sea más amplio y consistente con el tiempo, Por último, y sin pretender agotar el tema, mencionaría que la formación de recursos humanos necesita que se consolide su visión preventiva, sin sobrevalorar la información y la rehabilitación, ni menospreciar la prevención porque no muestra resultados inmediatos, como la reacción a un virus, pues las actividades preventivas específicas son de difícil observación directa.

 

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