Dime que comes... (primera de dos partes)

La medicina psicosomática considera a la enfermedad como el resultado de un desequilibrio en la relación ente factores físicos, psíquicos y socioambientales. Puesto que vivimos en una sociedad cuyos valores económicos impiden el conocimiento y la reflexión de los hábitos, costumbres y formas propias de enfrentar la vida cotidiana, el ser humano prefiere padecer una enfermedad antes que cuestionar su estilo de vida, sus relaciones afectivas o conocerse como persona. El artículo brinda elementos de análisis para comprender la relación que existe entre el ser humano, lo que come y cómo lo come y su salud.

Dime qué comes...

Psicólogo Julio Hernández Elías

Cada vez más personas entienden y difunden los factores psicosociales que producen la mayoría de las enfermedades. Malestares como los dolores de cabeza y los desequilibrios gástricos, se han reconocidos como trastornos psicosomáticos, es decir, afecciones funcionales relacionadas con la tensión nerviosa.

En la gran mayoría de las enfermedades digestivas están presentes trastornos de la personalidad y síntomas de ansiedad o depresión, los cuales se consideran comúnmente como una consecuencia del padecimiento orgánico.

La medicina psicosomática considera a la enfermedad como el resultado de un desequilibrio en la relación entre factores físicos, psíquicos y socioambientales. El cuerpo es el encargado de expresar cuando algo no está funcionando adecuadamente y decide expresarlo por medio de algún malestar físico. Para ello operan varios factores: la facilidad que muestra el órgano elegido para ser atacado, que el órgano escogido sea el que mejor represente las carencias, y finalmente, los factores socioambientales. Todo esto influirá en esta relación de fuerzas, cuyo resultado provocará que el desequilibrio se exteriorice a través de determinado órgano.

El ser humano prefiere padecer una enfermedad antes que cuestionar su estilo de vida, sus relaciones afectivas, o conocerse y desarrollarse como persona. Vivimos en una sociedad cuyos valores económicos impiden el conocimiento y la reflexión de los hábitos, costumbres y formas propias de enfrentar la vida cotidiana. Se prefiere eliminar la molestia del trastorno con algún producto farmacéutico de efectos casi instantáneos, ya que se atribuyen a causas externas y ajenas a la persona. Resulta más fácil culpar al destino, que reconocer los errores propios que van construyendo ese destino día a día.

Es necesario conocer los avisos emitidos por el organismo para no malgastar energías en ocultar las frustraciones. Aceptar la responsabilidad de vivir la propia vida también significa atender esos síntomas previos a la enfermedad, producidos por los diferentes virus y bacterias que rodean al ser humano.

Para comprender la relación que existe entre el ser humano, lo que come y cómo lo come, es necesario recordar cómo se inicia la lactancia: la primera relación que el niño establece con el ambiente es al alimentarse de su madre. Las primeras preocupaciones de ésta también se refieren al cuidado de la nutrición (alimentación, digestión y defecación). Este es el primer contacto social del lactante y toda su vida afectiva está en función del proceso digestivo. La leche materna le proporciona la seguridad de sentir satisfechos sus únicos deseos1; si la toma con retraso se provocan en él sensaciones de frustración y enfado. Poco después tendrá la posibilidad de rechazar (vomitar) el alimento, y cuando tenga los dientes, de morder y hacer daño. En cambio, por medio de la defecación, experimentará sentimientos de poder, liberación, destrucción o culpabilidad. Podrá afirmar su voluntad de ser limpio (y obedecer así a las normas sociales) o de mostrar su resistencia ensuciándose. Estas pautas relacionales no desaparecen, se suceden en la evolución del niño hasta convertirse en adulto, y adquieren un carácter simbólico; inconscientemente, la persona elige su sistema digestivo para expresar sus dificultades psicológicas.

La doctora Carmela París2, psicoterapeuta española, refiere que "los alimentos representan en el adulto sus necesidades vitales y con frecuencia son utilizados para calmar el hambre de afectos en un intento de crear en el ambiente emocional la satisfacción del deseo (físico) que proporciona el comer". Este sentido simbólico, hace que los alimentos sean preferidos según la personalidad del individuo. Así, los alimentos dulces simbolizan la necesidad de cariño, ya que históricamente lo dulce y el amor han estado relacionados. Los niños que continuamente piden golosinas, en realidad están pidiendo amor y seguridad, ya que son más intuitivos que racionales; sólo entienden que no se les mima o que se les abandona. Muchos padres colman a sus hijos de dulces en un intento inconsciente de compensarles el amor que no pueden ofrecerles.

Las personas que prefieren los alimentos salados y de sabor fuerte, tienden a racionalizar sus sentimientos; por lo común realizan un trabajo intelectual. Aquellos que prefieren los alimentos picantes, generalmente demuestran el deseo de nuevas y fuertes emociones, así como las situaciones que les representan un reto. Los que sólo prefieren alimentos suaves y cocidos, rechazan lo que sea novedoso y evitan los enfrentamientos. Quienes buscan problemas suelen consumir alimentos duros, pues desean averiguar qué existe dentro de las cosas, antes que gozar de ellas y muchas veces muestran inseguridad ante el amor y la ternura; denotan una cierta incapacidad para dar y aceptar el amor.

El alimento adquiere significaciones según el contexto sociocultural en el que se realice la construcción de los lazos madre/hijo. Esto favorecerá la fijación de la enfermedad en el sistema digestivo, o su desplazamiento a otros órganos3. En Europa y los países del norte, este desplazamiento generalmente se hace hacia arriba, es decir, con un aumento en los dolores de cabeza. En los países latinos, los lazos alimenticios suelen persistir más tiempo y el intercambio madre/hijo queda más fuertemente fijado a la zona abdominal. El hombre siempre recuerda las comidas que su madre le hacía; la hija se opone a la madre rechazando sus alimentos o los utiliza como aliados (¿qué mujer no ha oído el consejo de que "al hombre se le conquista por el estómago"?).

No debemos olvidar que la palabra tragedia está emparentada con tragar, o sea comer, y que no sólo de pan vive el hombre. En el diálogo que usted establezca con su médico, terapeuta o educador, deberá extraer la peculiar etiología de su tragedia gástrica. Recuerde las Escrituras en donde Jesús insinúa que lo que enferma al hombre es lo que no dice, lo que guarda para sí; y paralelamente sostiene que lo que sale de la boca puede ser más perjudicial que lo que introducimos en ella. Parece obvio que si hablamos de nuestro dolor, el absurdo se convertirá en sentido, y el sentido en factor de equilibrio integral. Sanar es dejarse fluir: hable, escúchese.

Para consultar
1.- Bradshaw, John Volver a la niñez. Ed. Selector, México, 1991
2.- París, Carmela Cuerpomente. No 6. Barcelona, España, 1991
3.- Dethlefsen, T. y Dahlke, R. La enfermedad como camino. Ed. Plaza y Janés. España, 1990.

 

 ¡Llámenos!

(55) 5008 1709


Calle Molinos núm. 20 Int. 8

Colonia Mixcoac
Delegación Benito Juárez. CP 03910
Ciudad de México. México

©2016 Liberaddictus AC

Search