¿Qué pasa con la educación?

La escasa capacidad de las escuelas para educar resulta un fenómeno creciente en el mundo. La deserción escolar, el bajo nivel académico, la competitividad y el autoritarismo obligan a los padres inconformes a reclamar una mejor educación. En varios países se han dado diferentes opciones, que van desde buscar escuelas alternativas, hasta educar a los hijos en casa.

¿Qué pasa con la educación?

Psicólogo Julio E. Hernández Elías

La escasa capacidad de las escuelas para educar resulta un fenómeno creciente en el mundo. La deserción escolar, el bajo nivel académico, la competitividad y el autoritarismo obligan a los padres inconformes a reclamar una mejor educación. En varios países se han dado diferentes opciones, que van desde buscar escuelas alternativas, hasta educar a los hijos en casa.

Los detractores de la educación tradicional señalan que en las escuelas no se enseña nada práctico, excepto a cumplir órdenes; algunos más argumentan que las escuelas fueron diseñadas para el manejo científico de la masa, y que intentan programar seres humanos cuya conducta sea predecible y controlable. Refieren que en el pasado han tenido éxito, pero en nuestras sociedades se están volviendo obsoletas. Los modelos actuales de educación son cuestionados por profesionales y padres de familia en la medida que los fracasos escolares avanzan. Por supuesto que no se puede responsabilizar a la escuela de todo el fracaso, ya que el entorno social actual se caracteriza por la inercia, la falta de interés por el conocimiento y la falta de espíritu crítico.

¿Es el alumno quien fracasa?
Ante los elevados índices de reprobación escolar resulta importante preguntarse: ¿quién fracasa: el estudiante, la escuela, la sociedad o todos juntos? Salvo excepciones, en las escuelas se ha sustituido la creatividad por la obediencia, inhibiendo el espíritu de iniciativa y curiosidad del niño, convirtiendo el estudio y el aprendizaje en una obligación fastidiosa, en un proceso amorfo que reduce el saber en un cúmulo de información.

Al alumno se le entrena, si bien le va. Se le capacita para desempeñar tareas concretas y específicas, que muchas veces satisfacen más los deseos de los padres que los propios, pero al mismo tiempo inhabilitan al estudiante para dar respuestas adaptativas espontáneas, necesarias en un mundo tan cambiante. La educación es un proceso constante y contempla el desarrollo de las personas en los niveles intelectual, emocional, moral y físico. Dotar a los alumnos de una formación humana que les capacite para su vida es un proceso complejo y requiere del interés y el compromiso general.

La palabra educar tiene sus raíces latinas en educare (instruir, enseñar, alimentar, criar) y en educare (elevar, levantar, sacar fuera); las etimologías indican que la educación ayuda a expresar la vida interna, ninca a introducir, meter o forzar formas no deseadas. El objetivo de la educación coincide con crear las condiciones para que cada educando saque lo mejor de sí y confirme como hombre o mujer completos, íntegros y únicos. Una base sólida para apoyar la solidaridad, el amor por el trabajo bien hecho, el gusto por la sencillez, la templanza y la prudencia.

¿Quién es el culpable?
Las causas que podemos identificar del deterioro escolar son:

La institución escolar: la disociación en los contenidos de los programas y la falta de coordinación entre los educadores, o entre educadores y padres, hacen a la escuela impersonal y lejana, sobreprotectora y autoritaria. Si los centros de enseñanza brindaran a los padres la opción de un modelo de escuela más accesible, de mayor participación, podrían propiciar contextos educativos familiares que rescaten el potencial humano, en vez de concentrarse en la producción de profesionistas titulados sin vocación, que orillan al desempleo y a la frustración personal.

Los profesores: muchos detractores de la escuela tradicional señalan que los profesorers tienen la mayor responsabilidad del fracaso escolar. Su incumplimiento del deber, ya sea por ausentismo, impuntualidad crónica o desinterés, lleva a los estudiantes a decepcionarse, a relajar sus actitudes y a no responsabilizarse. Además, muchas personas que se dedican a trabajar en las escuelas con verdadera vocación, ven impedido su aporte individual por una dinámica irracional. Muchos esfuerzos docentes se desvanecen ante la falta de conciencia de la institución.

Los alumnos: las exigencias de asimilación de un temario oficial, las escasas expectativas de futuro al acabar los estudios, las deficiencias y los errores educativos sufridos en los primeros años y la falta de sensibilidad magisterial hacia las limitaciones intrínsecas de cada alumno, nulifican la creación de un entorno en donde los alumnos y los profesores puedan conocerse bien y cada persona pueda ser valorada y sus logros reconocidos.

Mientras se siga haciendo énfasis en la competencia y el éxito material los valores de cooperación, cohesión y solidaridad entre padres, educadores y alumnos se seguirán viendo como actitudes mesiánicas, poco productivas y absurdas. Construir contextos familiares en la escuela estimula la reflexión y la lectura y prepara el terreno para que el niño aprenda a aprender, ya que de nada servirá atiborrar de conceptos al estudiante que no esté preparado para comprenderlos.

Profesores y padres de familia tenemos responsabilidades comunes e inmediatas hacia los estudiantes, que se resumen en las siguientes líneas de reflexión:

Hay que brindarle seguridad a los estudiantes, para que crezcan con esperanza sólida en su entorno. Se debe procurar que el niño se sienta amado, sobre todo durante los primeros años de desarrollo. La actitud educativa-correctiva ha de ser comunicativa, afectuosa y entusiasta para desterrar los gestos iracundos, las amenazas, los insultos, los castigos y las humillaciones. Es necesario fomentar el criterio propio y la independencia del niño y del adolescente. Desde el momento en que son capaces de emitir un juicio, los alumnos deben hacerlo sin sentir a cada momento la voz autoritaria del educador. No hay que crear en el niño estados de ansiedad, y sobre todo, debe existir un alto nivel de madurez en padres y educadores, para que garanticen al niño un entorno educativo y familiar sereno.

Para consultar
"Suplemento de Educación" en El País, 18 de mayo de 1991.
Cueli, José, Vocación y Afectos, Limusa, México, 1982.
Freud, Anna. Introducción al psicoanálisis para educadores. Paidós Educador, México, 1985.
Gatto, John. "La escuela está matando a nuestros hijos" en la revista Ser uno Mismo, México, 1991.
Jiménez T., B. "El fracaso escolar" en la revista Cuerpomente número 30. Barcelona, España, 1990.

 

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