"Oye, papá, ¿tú te drogas?"

La pregunta fue realizada en el momento exacto en que yo introducía una cucharada de lentejas en mi boca. Comíamos con Aurelia y Uriel, en familia (sin Chabelo). Mi hijo Abraham -flamante alumno de segundo grado de primaria- me preguntaba acerca del consumo de sustancias psicoactivas.
La pregunta me encantó, es decir, me inmovilizó, hasta contuve la respiración.

Oye, papá, ¿tú te drogas?

Psicólogo Julio Hernández Elías

La pregunta fue realizada en el momento exacto en que yo introducía una cucharada de lentejas en mi boca. Comíamos con Aurelia y Uriel, en familia (sin Chabelo). Mi hijo Abraham --flamante alumno de segundo grado de primaria-- me preguntaba acerca del consumo de sustancias psicoactivas.

La pregunta me encantó, es decir, me inmovilizó, hasta contuve la respiración.

Bueno --me dije-- siempre pensaste que hablarías de esto con él, ¿no? Quise invocar a todos los expertos en el tema. ¿Qué decían todos esos manuales de Hazelden?, ¿las escuelas de padres?, ¿el pediatra?, ¿Su miss?... Todo inútil. Me quedé en blanco.

De inmediato me dispuse a disertar acerca de las sustancias y procesos adictivos, las adicciones y su tratamiento, los riesgos que conlleva el consumo, los factores de riesgo en y con la comunidad, la influencia de los medios de comunicación, la información que deben tener los niños de su edad, el sensacionalismo de las capturas de narcos y hasta los problemas políticosociales y económicos en que está metido el país. Mientras disfrutaba de las deliciosas lentejas que prepara Aure.

Al momento de dirigirme a él, caí en la cuenta de que no era la respuesta que Abraham esperaba. Este discurso lo había preparado para cuando me preguntara por mi trabajo, quizás cuando fuera un poco mayor; mi hijo, con sus 7 años de edad, esperaba una respuesta acerca de mí. Tragué la pregunta con lentejas y simplemente le contesté:

--A veces... ¿Por qué?

Quise explicarle la diferencia entre uso y abuso de las sustancias, que el uso moderado de algunas de ellas resulta placentero y en ocasiones hasta terapéutico. Cuando se abusa de ellas frecuentemente, seguramente se desarrollará dependencia física y psicológica. Y eso, es muy peligroso. Quise explicarle que los excesos enferman.

Quise hacerle entender que si un adulto sano toma una copa de vino en compañía de alimentos, fuma ocasionalmente o ingiere un aromático té o café caliente en el momento oportuno y en el lugar adecuado, son experiencias sociales relajantes y relativamente inocuas. No deseaba hacerle una invitación implícita y mucho menos una prohibición que despertara mayor curiosidad.

Deseé contarle cómo la prudencia en el consumo de estas sustancias tóxicas se manifiesta como un límite psicofísico en nuestro organismo, el cual avisa cuando algo le resulta dañino. Y cuando es dañino, se siente; que lo importante es mantener la conciencia de lo que uno siente para evitar el daño, el abuso o a la intoxicación para no enfermar, para no perder el control de sí mismo...

La mirada de mi hijo parecía entretejer la respuesta. Hubo un silencio momentáneo. Aure me miraba expectante, con asombro, y hasta el chiquito Uriel observaba interesado, sin moverse.

--¿Tú te drogas?

Asombrado e inquisitivo, Abraham me cuestionaba sin conocer la gran cantidad de fenómenos asociados al problema de las drogas, así como la variedad de adicciones existentes. ¿Confunde al usuario con un adicto? No sabe que el que usa y no abusa cuida su persona; el adicto en cambio, se descuida, toma de más y por eso se enferma. Mi querido Abraham no sabe que hay drogas legales e ilegales y que no sólo las sustancias llamadas drogas producen adicciones. Tampoco sabe que hay muchos factores que determinan el consumo. Ni sabe que estos y otros comportamientos son las formas en que finalmente la gente expresa sus necesidades insatisfechas. No ha terminado aún de comprender que la manera en que la gente se sana o se enferma, está en su forma de vivir interna y externamente. Intenté explicar:

--Sí, en ocasiones... tú sabes o has visto que en algunas reuniones con amigos o familiares fumo y a veces tomo. Aquí en casa me preparo un cafecito con cierta frecuencia. Esas son drogas (alcohol, nicotina y cafeína) --contesté.

Su asombro se convirtió en interrogación. Uriel continuó batiéndose en la sopa, Aure miró a través del cristal del vaso que bebía, invitándome a ser más explícito. Abraham armaba el rompecabezas, volteó a ver a su madre y luego a mí, como exigiendo mayor información. Contestó inmediatamente:

--¡Pero tú no eres borracho!

--No, no lo soy. Y no todos los que toman son borrachos. Pero, ¿qué es un borracho?, cuestioné.

--Son de esos que se ponen loquitos porque toman y se andan cayendo y hablan bien chistoso, como Homero (Simpson): siempre está tomando cervezas, por eso tiene una panzota... como tú --ríe ruidosamente.

Aure trataba de disimular la risa mientras masticaba. Sus ojos claros evadían los míos y me recordaba las ocasiones en que me he dicho: Julito, hay que hacer ejercicio, pero sólo me lo he dicho...

--¿Qué pasó...? --reflejo: sumí el abdomen y todos rieron.

--¿Entonces todos se drogan? ¡Hay que vivir sin drogas! Refutando la incongruencia.

Me imaginé que repetía las campañas televisas de moda, en donde están utilizando el viejo truco de espantar a la gente, sin cuestionar el problema ni sus raíces... Traté de centrar la conversación:

--No, no todos. Fíjate: algunos, quizás la mayoría de la gente, toma bebidas con alcohol a veces, como yo, por ejemplo. Casi siempre se hace para festejar algún acontecimiento. Es una costumbre muy vieja compartir momentos con comida y bebida. Pero aquel que bebe sin control, seguro tiene problemas. Cuando esto sucede, se trata de una enfermedad llamada alcoholismo, que afecta todas las áreas de la vida del bebedor. En México son muchos (como 10 millones de personas), los que la padecen. La vida de estas personas está llena de cambios de ánimo, sufren de tristeza, mala salud y sobre todo, su familia también sufre. Sin embargo, el alcoholismo no es culpa de nadie y es de todos. Y ¿sabes? Me gusta que preguntes y no te quedes callado si tienes dudas de algo, --le contesté--.

Cuántas respuestas posibles a estas preguntas... Sus ojos brillaban: me gusta y le gusta que le platique. Me da la oportunidad de maravillarlo como yo me maravillaba a su edad escuchando las netas de la conquista de México en labios de mi padre, o con las aventuras fantásticas que hábilmente narraba mi hermano Rodolfo. Mejoraba el sabor de las lentejas con un taquito de sal. Me sentía orgulloso, feliz de que existiera un ambiente de mutua confianza en donde él bromeaba y todos compartíamos su alegría (aún siendo a mis costillas, o mejor dicho, a mi panza). Me cargaba de energía y me repetía que si no fuera por estos momentos y los días de cobro... Borraba las prisas y las ganas que siento de desaparecerlos por las noches cuando estoy cansado y aún tengo trabajo. Mientras, para ellos, entre las ocho y las diez de la noche actúan como si no quisieran que acabara el día: Uri, --el chiquito-- retozando sin asomo de cansancio, queriendo que lo vea o que lo cargue en los brazos; Abraham buscando cómo quedarse despierto más tiempo, aunque el cansancio le entrecierre los párpados y diga: "¿nos echamos un ajedrecito?, no tengo sueño". Disfrutábamos del momento y Abraham tenía ahora más información. La conversación derivó en otros asuntos familiares y el asunto de las drogas fue sólo uno de los temas abordados. Pensé entones que, por el momento, las preguntas habían tenido respuestas honestas y concretas. Confié en que de haber más preguntas a respecto, las haría en su momento. Por mi parte, la plática me hizo reflexionar acerca de mi necesidad de hacer ejercicio para reducir mi panza (más que panza son llantitas), además de estructurar respuestas sencillas --adecuadas a su edad-- de todos los aspectos que cualquier padre debe saber acerca de las drogas. Eso de estar preparado para la próxima pregunta, me hará informarme mejor.

 

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